El influencer toma el control

    En los años 50, época en la que España observa el nacimiento del Seat 600 (1957), los influencers eran actores de la talla de Tony LeBlanc que hacía las delicias de los fans con su apuesta presencia y semblante. No era inusual que grandes marcas utilizaran actores que sirvieran de gancho para vender sus productos, utilizando tanto la televisión como la radio. Antes no había que pensar mucho cuál es el mejor soporte ya que los medios de comunicación estaban bastante limitados: prensa (el medio más seguido), radio y televisión (para algunos pocos acomodados).

    Pero han pasado sesenta años y ha cambiado mucho el mundo de la publicidad. Ha habido una verdadera revolución que van desde los nuevos formatos nunca antes imaginados (ahora se está pensando en utilizar drones como soporte) hasta nuevas maneras de conseguir a nuevos clientes, los influencers digitales.

    Esta figura, que antes estaba reservada a los famosos actores y deportistas, está empezando a tener un éxito rotundo debido a la cantidad de marcas que hacen cola para “ficharlos” y que colaboren con ellas. La transacción es simple: los influencers crean el contenido y las marcas pagan por él. Es una relación de retroalimentación al más puro estilo freelance.

    Pero no todo es tan bonito como lo pintan, por lo menos para los influencers. Una vez que tu contenido queda determinado por un tercero, se pierde la esencia que le ha convertido en lo que es, un verdadero guía de masas. Por poner un ejemplo, YouTube. Esta plataforma que cada vez tiene más y más usuarios, es el puesto de trabajo de muchos influencers con nombre propio: ElRubius, Willyrex, Alexby, Yellow Mellow, etc. No todos han sucumbido al poder de las marcas, pero muchos otros sí que se han prestado para llegar a un segmento potencial de usuarios que por otros medios de comunicación sería imposible. Es más, han creado una compañía que pone en contacto marcas con influencers youtubers. Los youtubers de ahora son los Tony LeBlanc de antaño, si nos permitís la licencia.

    Hay una cosa muy clara, ni las marcas ni los influencers deben de perder la esencia por las que se les conoce e identifica. El que más tiene que perder es el influencer ya que puede perder esa posición privilegiada de la noche a la mañana. Debe ser una relación de equilibrio en el que las dos partes formen una única imagen.

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