Los que lo conocemos, estamos de acuerdo: Armando es un Niño Grande.
Bromista, alegre y con un sentido del humor peligrosamente contagioso nuestro maracucho más genuino, asoma su mirada traviesa por encima del monitor para descubrir qué se cuece más allá de los unos y los ceros con los que trabaja.
Se ha enterado de que esta semana la entrevista le toca a él.
Se levanta sonriente de su asiento, se estira con las manos la camiseta del Barça, que luce orgulloso y, antes de acompañarme alegremente por el pasillo, pasa por el Office a catar la tortilla de los viernes (su favorita).
Armando se declara un fan incondicional de las series americanas. Capaz de seguir más de 20 al mismo tiempo, y aunque se decanta por Dexter y Breaking Bad como sus favoritas, sabemos que en temas televisivos no le hace ascos a nada. Su película preferida es “el extraño mundo de Jack”, o como lo llaman acá “Pesadilla antes de navidad”.
En su casa colecciona más de 10 modelos diferentes de cámaras fotográficas: cámaras de medio formato, lomográficas, analógicas, polaroids… con las que pasa horas retratando a su hijo, Rodrigo, del que nos reconoce que está enamorado.
Ya lo tengo sentado frente a frente y empieza la entrevista. Empezamos por el principio.
Armando nació en Maracaibo en el año 79 y es el mediano de 3 hermanos. Sus padres, ambos profesores universitarios, tuvieron siempre muy claro que el conocimiento del inglés iba a ser fundamental en las carreras de sus hijos, por lo que, dos años después, se mudaban todos a Florida. Durante unos cuantos años, la familia entera estuvo viviendo a intervalos entre Venezuela y Estados Unidos, una época de la que Armando conserva un perfecto inglés nativo, un estupendo acento americano y un amor incondicional por el baseball.
Años más tarde, ya en el 2004, un avión procedente de Venezuela aterrizaba en el aeropuerto de Barajas. Armando había conseguido convencer a su familia para venirse a estudiar a Madrid, y con la excusa, también quedarse a vivir. Así fue. Dicho y hecho.
Seis años más tarde y ya perfectamente establecido en la capital, Armando llamaba a la puerta de Código para enfrentarse a la entrevista más corta de la historia.
“La entrevista a penas duró 10 minutos, enseguida Quico me preguntó cuándo podría incorporarme y al día siguiente ya estaba ayudando a sacar el e-commerce de Nido adelante. “No importa que no sepas, aprenderás” fue lo único que me dijeron, y efectivamente así fue.”
Armando comenzó estudiando ingeniería de computación en Venezuela, y cuando llegó a Código ya había estado trabajando en otras agencias. Cuando le preguntamos, en qué momento decide un informático entregar su CV en una agencia de publicidad nos contesta sonriente “Lo mejor de trabajar en una agencia en vez de en una empresa de desarrollo de software, es que tienes la oportunidad de ser creativo. Es mucho más divertido y mucho menos monótono. En otro tipo de empresa no te dan la oportunidad de dialogar con el cliente, de ser escuchado o de hacer propuestas sobre el funcionamiento de su web. Saber que se te tiene en cuenta y se valora tu opinión es muy reconfortante.”
Sin embargo, según nos cuenta, no siempre tuvo claro que quería dedicarse a esto de la informática.
“Siempre pensé que acabaría estudiando algo de electrónica. Desde chiquitito me encantaba desarmar todo. Conseguir un destornillador por la casa era, en mi caso, abrir la caja de Pandora. Desarmaba cualquier aparato que estuviera a mi alcance: VHS, Televisores… lo más gracioso de todo es que luego no era capaz de volver a armarlo” Se ríe “Siempre lo he pensado: No hay un sobrenombre que se me ajustara mejor entonces que el de DES-Armando.”
Le preguntamos por su experiencia en sus anteriores puestos de trabajo y las diferencias que encontró al llegar a Código. Al parecer, la alegría de descubrir que ésta vez no iba a tener que hacerse cargo él solo de todo el trabajo web, fue inmensa.
“Casi se me saltaron las lágrimas de la alegría al enterarme de que, por fin, iba a poder tener vacaciones. Yo venía de otras agencias en las que yo era el único programador web. Si yo no estaba, mi trabajo se quedaba sin hacer. En Código, sin embargo, tenemos la suerte de contar con todo un equipo de programadores web. Y eso es una ventaja enorme a la hora de desarrollar grandes proyectos. Se economiza en tiempo, en recursos y nos permite ayudarnos los unos a los otros.”
Cuando uno le oye hablar de su trabajo, se percibe claramente que le encanta lo que hace. Sabe que son muchas horas, muchos intentos, muchas comprobaciones, pero el resultado le merece la pena. “Hay proyectos con los que he disfrutado mucho en Código, los más recientes el web de Click IT Point o el de Euromaster.” Dice “Lo mejor de mi trabajo es enfrentarse a diario con lo que yo llamo “el reto del programador”, el reto de crear algo desde cero.”
“Cada proyecto parte desde cero, y cada web que desarrollamos es un nuevo proceso de aprendizaje. Mi paso por CV me ha enseñado muchas cosas, especialmente a nivel de programación, pero también me ha brindado la oportunidad de conocer a gente increíble. Si hay que quedarse con una cosa, me quedo con eso. Uno no sabe lo que se agradece un buen ambiente en el trabajo, como el que tenemos en Código, hasta que lo vive en sus propias carnes.”
Entre todos los recuerdos buenos que guarda de Código nos recuerda una fecha que fue muy especial para la agencia.
“Tengo un recuerdo imborrable de los primeros EFI con Código. Habíamos quedado finalistas con una campaña de Servirrueda y nos invitaron a todos a la entrega de premios, ¡Parecíamos chamos con zapatos nuevos! Lo mejor de todo es que, lo más importante de la noche no fueron los premios, sino el ambiente que se respiraba entre todos nosotros, se notaba que todos éramos panas. En muchas agencias, la relación entre los trabajadores se acaba tras las puertas de la agencia. Nosotros, tanto dentro como fuera, nos lo pasamos cheverísimo.”
Para terminar con la entrevista le preguntamos qué es lo que más echa de menos de Venezuela, y con cierta nostalgia nos confirma lo que ya sospechábamos.
“De Venezuela, echo de menos las comidas en general y el queso en particular, el guayanés, el queso de mano, la mozzarella criolla, la clineja… Mmmm… Y todos los platos típicos de allá: las arepas, la cachapa, los tequeños, el patacón… sólo de pensarlo se me hace agua la boca.”
En Código cruzamos los dedos por que la morriña no sea tan fuerte como para hacerle regresar. Es más, nos marcamos un órdago y le prometemos queso venezolano y arepas recién hechas a cambio de que se quede, por lo menos, otros 10 años con nosotros.


































